EL MALDITO ESTRELLADO Y EL PERRO POETAOPINIÓN ADMIRADA DE JUAN TIAGO, SU PERRO Y SU SERÓN Plaza
de toros de Gijón, fines de agosto de 2000,concierto de Juan Perro, uno
que estaba allí. En mitad del concierto alguien del público grita ¡ESTOICO! Y entonces me acuerdo de ese pensamiento que he tenido más de una vez en torno al filósofo: perro-can-cánido-cínico. Y mi amigo Rodrigo, intelectual de pro y magnífico futbolero dice: “mira el otro, dice que Stoichkov, otro del barsa”, guiñando el ojo. Y me encuentro con un doble o triple juego de palabras, ideas, filosofías y nombres. Me pregunto qué parte de realidad o fábula tiene eso que contaba una vez Santiago Auserón sobre el origen de su nombre artístico, Juan Perro, algo que una noche de copas gallegas mencionó Ricardo Teixidó (entonces batería de Danza Invisible), hablando de música y vida. Le dijo: tú eres un juan perro. Sin duda ese tipo de cuarenta y pico tacos y mucha letra, al que muchas siguen considerando un guaperas, discreto y verborreico donde los haya, habrá elucubrado al respecto y habrá contado lo justo y necesario. Estoy rodeado de treintañeros o ventimuchañeros mayormente, en su mayoría fans de Radio Futura, como yo, que apenas se saben las nuevas canciones del disco que les ha regalado su novia o novio, sus hermanos, o sus amigos de siempre recordando aquellos tiempos, y que el viejo perro sigue dando la lata gracias a la publicidad televisisva que ha generado el hasta ahora último disco de Juan Perro, siempre bienvenido: Mr. Hambre. Y yo, que siempre he sido un pensador de sofá, introspección y lecturas selectas, me sonrío autosuficiente y cínico, meneándome como un pescadito en el mar, en el río de ideas de agua dulce. Allí estaba yo, en septiembre del 85, dispuesto a darlo todo viendo a mis ídolos, Radio Futura. Mis conocimientos musicales hasta poco antes de este evento definitivo en mi vida eran las multidisciplinares actuaciones de Aplauso y las cintas de Concha Piquer y la Pastorina que mi padre pinchaba en el Simca 1200. Conocía al grupo por los ruidos de la radio y de la tele. Me llamaban la atención Dance Usted y La Estatua Del Jardín Botánico. Y luego observé con desdén, desde la profundidad de mis lecturas de Kafka y Borges, cómo mi hermana mayor oía una y otra vez canciones grabadas de la radio del disco La Ley Del Mar La Ley Del Desierto. Y aquello de la Escuela De Calor y, en especial, Semilla Negra, empezó a hacer mella en mi maleable adolescencia. La canción que me conquistó definitivamente fue La Ciudad Interior, del nuevo disco De Un País En Llamas. Me pasé el verano del 85 descubriendo nuevas capacidades y aventuras al son de No Tocarte y El Tonto Simón. Como decía, septiembre del 85, borracho estaba yo, en un concierto de Radio Futura que salió mal. Ya había oído en la radio que no eran muy buenos en directo, pero desde luego una hora de retraso y con un colocazo considerable era más de lo que el público podía aceptar. Yo estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, para mí todo era grandioso, ante mi grupo más favorito, y sus canciones, y con mi propia borrachera adolescente. He de reconocer que la profesionalidad no me preocupaba ni parecía existir en el escenario. Como adolescente enajenado, todo me pareció grandioso. Luego comencé a evolucionar en mis gustos musicales, pero mi grandísima admiración por Radio Futura me llevó a convertirme, de manera fortuita, en el primer comprador de La Canción De Juan Perro en Asturias. Sabiendo de la inminente puesta en venta del disco, acudía todos los días a la única tienda de discos alternativa de los grandes almacenes que había por aquel entonces en Oviedo, y uno de esos días coincidió mi pregunta con la llegada del repartidor. Chorradas. Chorrada tras chorrada. La realidad presente. Septiembre de 2000, coso de Gijón. Y entre canción y canción el señor Perro seduce a su público. ¿Lo estáis pasando bien por ahí detrás? (Síííííííí), y ¿ por delante? (Sííííííí), pues si lo estáis pasando bien por delante y por detrás... Este tipo sabe jugar con doble baraja. Un auténtico baile de perros. La canción de Juan Perro es el mejor disco de Radio Futura. Unas letras magníficas, un sonido nunca oído hasta entonces en España. Renovación del grupo, su sonido, su público y, en general, de la música española. Esos eran mis pensamientos a mediados del 87. Hoy en día el legado es aún más amplio e insospechado para aquel momento (mi momento). Pero mi análisis ha de ser sincrónico, un recuerdo luminoso, sin sombras de actualidad. Era tan extraño y tan grandioso aquel disco poblado de impresionantes canciones. La lluvia del porvenir me parecía fuera de lugar. Y nunca comprendí el olvido de El hombre de papel. Luego evolucioné hacia otras músicas y dejé de lado lo español, aunque mis amigos o novias o hermanas me regalaron los discos de Radio Futura que yo disfrutaba con sentido muy crítico e inevitable admiración por la construcción de canciones. Veneno en la piel me asqueó por la popularización de un grupo que yo consideraba mío, o cuando menos de unos pocos elegidos con estilo. Pero entonces no me interesaba ya algo tan lejano a la actualidad como Radio Futura (era entonces más pop español de lo mismo, y yo estaba acostumbrado a renovaciones constantes). Hasta La canción de Juan Perro, Radio Futura se había renovado en cada disco. Tal vez esto no sea reconocible ahora, pero en su momento, cada disco fue innovador. “Toño, escucha, es la Señora del mar”. Las parejas se abrazan, el concierto se pone tierno. Mi mujer me extrae de los lejanos tiempos con un beso de labios reales y hechos de carne. Me zambullo en este encuentro del perro con unas cuantas culturas de mucho peso. Ese sí que es un gran ladrido, el aullido (si me perdona Mr.Ginsberg). Abrazo a mi mujer para disfrutar de esta canción y veo a mi amigo el Negador, aferrado a su cerveza. Buenas discusiones hemos tenido sobre el Perro, al que comparaba con Loquillo, nada menos. Intento olvidar que he tenido en cuenta las necedades del Negador contertulio mientras disfruto acaramelado del final de la canción abrazado a mi mujer. Qué preciosidad, qué hermosura, cuánto amor. Pero es que hoy estoy pensativo, carajo. Con mucha clase y tablas, anuncia el Perro que sonará Obstinado en mi error. Mi mujer me suelta. Supongo que recuerda cuando acudí a esta canción para explicar cierto trance conyugal, y es que evidentemente, no le gusta que explique mi conducta acudiendo a citas literarias, valiente chorrada. De igual manera y muchas otras le digo que la adoro como un perro, pero eso no viene al caso ahora. ¿Cómo será este hombre en persona?, me pregunto. Me refiero a Santiago Auserón, el Perro, Santi, como le dicen algunos conocidos. Y es que este personaje público es un dechado de discreción. Y tampoco los que se han acercado a él dicen mucho. Como Compay. Mi mujer es auxiliar de vuelo, y uno de sus trayectos es MADRID-HABANA. En una ocasión llevaban a Compay Segundo, el gran sonero de Cuba. Compay es un tipo con don de gentes, y toda la tripulación disfrutó de su compañía, de hecho les invitó a su casa en La Habana (y le tomaron la palabra, vive dios). Mi mujer, bien aleccionada, le preguntó por el Perro (productor del disco que le revitalizó) y Compay le dijo, entre su nebulosa de Rioja (tres botellitas entre Madrid y La Habana, con sus correspondientes Montecristos), “sí, ese chiquito tiene mucha cabeza, pero está loco, quiere mezclar el son con la música de allá. ¿Cómo dice que se llama?”.
Me quedé
Sin poder contestar
Ni siquiera te pido perdón
El silencio se hace largo
Y me voy haciendo cargo
De que sigo
Obstinado en mi error Diacrónico examen. Cuando yo no valoraba el ritmo de los versos ni la musicalidad de las palabras bien ordenadas, distinguía las canciones de Radio Futura por la forma redonda de sus estrofas. Eso era algo que generalmente distinguía sus composiciones. Esto se explica mejor braceando y cantando, y con un poco de whisky en el cuerpo. A fines de los ochenta ,en el rastro del Antiguo Fontán, en Oviedo, ojeando una revista de otoño del 84 (maldita la hora en que no la compré),descubrí una entrevista a los miembros de Radio Futura en la que hablaban de las drogas. Decían que demasiado ácido te baja y no estás para tocar, y lo mismo con demasiada coca, demasiada velocidad. Y luego añadía Santiago Auserón que había noches en las que lo que apetecía era una buena botella de whisky. Todo esto es de la primera mitad de los ochenta, cuando don Santiago pedía una línea de farlopa en Laberinto de pasiones de Almodóvar. Pero este hombre era ya adulto y letrado, así que podemos suponer que actuaba muy conscientemente cuando bailaba a pecho descubierto cantando a la Bruja Avería en La Bola de Cristal, magnífico programa de televisión. Aunque quién hallara aquel inolvidable recuerdo catódico en el que alguien filmó mis sueños en la televisión, decía Auserón. Y es que este Perro es filósofo. Se licenció en la facultad de la Sorbona, en París, cuna de mucha alcurnia y capaz de todo tipo de engendros, eran los últimos 70. No sé quién me dijo que los hermanos Auserón habían jurado ante la tumba de Jim Morrison en Peré Lachaise que iban a hacer un gran grupo de rocanrol. No me puedo creer semejante engendro legendario. No puede ser cierta tamaña leyenda del rock español.
Y entre todo aquel caldo de cultivo que se formó a fines de los
setenta apareció Radio Futura,el grupo que iba a colmar los deseos
consumistas y consumidores del gran público. Eran los más
grandes con canciones como Enamorado
de la moda juvenil, Muchachita, Divina... “La que cantas en el baño”, dice mi mujer desde el concierto de esta plaza de toros. La noria. Qué gran canción en torno al ruedo y la rueda de la vida. Cuántos poemas he escrito con el rollo de la rueda (antes y después de la canción). Radio Futura se repliega y se reforma. Quedan cuatro y hacen otra música, menos juvenil. En cuatro años de doctorado hasta La ley sólo salen dos tesinas: La estatua del Jardín Botánico y Dance Usted (un clásico de recopilaciones innumerables y una sátira del modus vivendi de las noches de entonces, y de ahora, y de siempre, ¡a bailar, coño!) . Con ese lagrimeo, que en el caso de La Estatua podemos considerar el más glorioso llanto del pop de los 80 (tomen nota recopiladores) llegamos a Escuela de calor. Y de esa explosión creativa en la que tuvo su parte la bolsa de contención que puso la antigua discográfica Hispavox, parte el glorioso periplo de Radio Futura por el mar, el desierto, el país en llamas, y el canto de un desconocido Juan Perro. Luego vino Veneno en la piel, que ahora, a fines de los ochenta llevó el mismo camino del exceso que Música Moderna a fines de los setenta, el cisma, la ruptura, esta vez definitiva, las puertas de la sabiduría. “Toño, la de Dolores. La que dices que habla de un porro”. Me descubro en plena introversión, rodeado de gente y música, buceando en la arena de esta plaza de toros de Gijón. “¿De viaje?”,dice mi mujer. “Transoceánico”, digo yo. Qué gran conocimiento de mi persona, uno no puede ser tan simple. Ese verano un amigo nos había dejado un piso en Madrid, en la mismísima plaza de Chueca, con balcones que daban al exterior. Mi mujer se iba a trabajar, volando por el mundo, mientras yo sudaba el verano e intentaba crear un nuevo género dramático, la balconera. Un día encontré la Semilla del Son en una tienda de discos cercana y me la llevé a casa. Estaba tomando whiskys e intentando escribir pero la música podía conmigo. Me di cuenta cuando después de salir bailando al balcón en camiseta y exiguos calzones unas cuantas veces, el público de las terrazas me coreaba con gritos de ánimo y silbidos. ¿Es que ya estaban preparados para mis futuras obras de enredo interbalcónico? No, es que los músicos cubanos sabían muy bien lo que hacían cuando crearon aquellas canciones. Me lancé sobre el disco azulado para conocer el título del son que me hacía perder la cordura cuando descubrí en la caja un librillo introductorio y esclarecedor sobre el tema escrito por el mismísimo Santiago Auserón. Madre mía, cuánto saber, cuánta letra, cuánta erudición, no sé si esto lo entenderían todos esos artesanos del sonido rítmico cubano. Escribí una carta para el señor recopilador preguntándole la razón de una reseña tan erudita para una música que partía evidentemente de músicos alejados en su mayoría de una cultura académica. Pero no llegué a enviar nada porque me tomé otros whiskys y seguí bailando y el verano pasó, y llegó el trabajo para disolver toda duda creativa en la infusión de realidades alejadas del arte. “!Toño, escucha!”, están tocando Escuela de calor. La gente salta, es lo que estaban esperando, es la canción de su verano, es el regreso a la juventud, es la actualización de sus vidas, es una canción que enmarcó trances y aventuras, pero no se quedó allí, es un ser vivo y coleando. El tipo de delante colea tanto que tropieza conmigo. Le digo que no pasa nada mientras observo de reojo al Negador por si dice eso de “Aquí va a haber que dar unas ostias”, pero el hombre salta lleno de nueva vitalidad recordando veranos mejores. Mejor para todos. Salió el primer disco de Juan Perro, Raíces al viento. Una maravillosa autopista para desplazarnos por los mestizajes musicales, una nueva brecha. A mí me gustaba más la versión que hacía en directo del Perro flaco con Raimundo Amador, en la gira con Kiko Veneno. Y ahora pienso en ese mercado de las colaboraciones que ha funcionado y funciona soberanamente. Don Santiago colaboró en aquella primera versión de El club del alcohol con Danza Invisible, y rapeando parte de Pedro Navaja para una canción de Los Sencillos, cantó con Antonio Bartrina en una canción del disco-homenaje a Gardel: Con su permiso don Carlos, y también en el disco de versiones de Serrat. También ha hecho algunas versiones de clásicos anglosajones en castellano, como la que grabó en el disco en directo de Raimundo Amador. Pero, ¿qué músicos españoles conocidos han colaborado en sus discos? Raimundo Amador, que yo sepa y se acabó. Sea como sea, parece que este hombre es muy selecto en su trato con el mundanal ruido musical. Estoy seguro de que muchos otros habrían aceptado de muy buena gana la colaboración de este tipo. Luego llegó La Huella Sonora. Cuántas duchas de madrugada me he animado con las magníficas letras de este disco (la rueda gira y gira, Buenos Aires, Malasaña, Guatemala, Venecia, estados del mundo interior bajo el agua y sobre la bañera). Y cuánta gente lo oyó, sobre todo reelaboradores o burdos copiones. No creo que haya nada malo en copiar o reelaborar, versionear, reinterpretar,... las creaciones de otro artista. Lo que creo necesario es el reconocimiento, aceptar públicamente el hecho de que para ciertas creaciones nos hemos basado en un artefacto ya existente. La versión que hizo Jimi Hendrix de All along the watchtower fue tan buena que cuando a Dylan le preguntaron al respecto, dijo que le parecía genial, pero que esperaba que no hiciera más versiones así o todos creerían que la canción era de Jimi y no suya. Y Jimi (el más grande guitarrista, Hendrix) nunca se hartó de contar su admiración por Bob Dylan. Cuando un colega me contó que a Juan Perro le pedían La flaca en sus conciertos, salió de mi cara una sonrisa de superioridad en la que descubrí lo identificado que estaba con el compositor sr.Auserón. Pensaba en lo gracioso del caso. Pero luego pensé en lo hiriente que puede ser que te confundan con un tío que basó su fama en lo pegadizo de la música de un anuncio de tabaco. Tal vez la Bola de Cristal lo veía todo: alguien filmó mis sueños en la televisión, no deben saber quién soy... Así que ahí están gente como Jarabe de palo y el ex saxofonista de los Rebeldes, ahora Nelo y la banda del zoco, y otros que ahora no me exasperan tanto, copiando sin ton ni son, a tontas y a locas, que son las más fáciles (decían los imitables Luthiers). Que haya quien imite a Les Luthiers, me ofende profundamente, pero que haya composiciones musicales basadas en los artefactos ingeniados por Santiago Auserón me parece algo grande y admirable, lo que exijo es que estos tíos salgan a cantar con camisetas de Juan Perro, y declarando en cada entrevista que han estado chupándole el bote de la creación al más insigne cánido de los sonidos españoles, haciendo versiones de canciones de Auserón en los bises clamando su ingenio originador de nuevas composiciones y recreaciones. O no. Comer y callar. “Toño, que Te convierto en canción”. A mi mujer le encanta esta canción. Y a mí. Esto es un auténtico clásico de los clásicos de la música pop española. Ya dos años antes de que se publicase hablaban de ella Rodrigo y Ana, esa pareja feliz, que la oyeron en un magnífico concierto del Perro en Santander. Pero luego viene lo mejor, mi favorita de este disco, El hormigueo. Cuando apareció Mr. Hambre me di cuenta de que Santiago Auserón, Juan Perro, había optado por bajar un tanto la guardia y guardar fuerzas, controlar el ingenio, pasar un poco el rato bailando ante su contrincante: el sistema (algo parecido hacía en el vídeo de Dance Vd). Cogió un puñado de magníficas composiciones y las llevó a cabo con la seriedad y artesanía que le caracterizan. Un viajecito a Praga para pasear por donde Kafka y redondear una canción que es mi favorita, y ya está. Luego lo puso todo en manos de la discográfica (y esto no es lo habitual en este tipo) y se vio lanzado al reestrellato una vez más. Y fue por una canción del disco que él no había seleccionado y con un vídeo hecho, creo yo, con desgana. Pero bueno, la discográfica ya se preocupa de promocionar el disco saturando los medios comunicativos. Parece increíble teniendo en cuenta la calidad, de los dos discos anteriores, auténticos clásicos. Hierve la sangre.
El concierto se ha acabado por el momento. Pronto vendrán los bises. Alaia me mira alegre (esto sería una redundancia para un parlante de euskera) porque sabe que sigo buceando en mi cabeza, branquias bajo el agua, inmersión en mi pecera, decía el maldito Poch. Y ahí salen de nuevo. Enciendo otro cigarro Marlboro (je,je, como en la contraportada del País en Llamas). Siempre estuvo en guerra. Fue mi hermana Belén, el mismo bellísimo espíritu que me introdujo a mediados de los ochenta y definitivamente en el universo sonoro de Don Juan Tiago, su perro y su serón, la que me preguntó por esa canción del Mr. Hambre titulada Esta tierra no tiene corazón. De una manera inconsciente y con un discurso que se iba haciendo real a medida que iba saliendo de mis labios, expliqué que yo creía que hablaba del sentimiento de extranjerismo que rodea a todo aquel cuyo motivo de vida creativa es la búsqueda, que siempre acaba descubriendo algo distinto, diferente, probablemente extraño, aparentemente extranjero, y finalmente nuevo para una sociedad atada por un sistema que consideramos costumbres propias. Un canto al malditismo. Hace tiempo que comparo al Perro con ese poeta francés que se llamaba Baudelaire. En mi mesilla de noche tengo Las flores del mal para rezar cuando necesito palabras poderosas que animen mi alma. Evidentemente fue en el momento que tradujo el poema de Poe Annabel Lee cuando empecé a pensar en esta vida paralela. Baudelaire fue el hombre que tradujo a Poe al francés y el hombre que introdujo al borracho muerto en Baltimore al público europeo. Todo el mundo conoce a Edgardo Poe, sus Narraciones extraordinarias y, hasta cierto punto sus poemas. Pero Baudelaire es un tipo mucho más oscuro, más bien conocido por un público diferente, los poetas, los creadores. Baudelaire, el de Los paraísos artificiales, es el escritor maldito más maldito, pero cualquier creador literario conoce su obra y desde luego no se habrá quedado indiferente ante sus artefactos. Ese extranjerismo, extrañeza, la situación del forastero que cambia las relaciones, sensaciones, percepciones del mundo, que tienen los miembros de la comunidad es lo que une a Baudelaire y Auserón. Y esos que son capaces de reconocer la universalidad de su discurso son miembros de la comunidad como tú y como yo. Y algunos no sólo reconocen su discurso, sino que saben de su capacidad de comunicación con otras gentes, o disponen de bocinas en las que relanzar las voces preciosas del forastero que descubrió ritmo en el agua del grifo, el crujido del colchón, el papel extraviado y el romper de las olas. El concierto se ha acabado. Los músicos salen y saludan. Enseña dientes el Perro ante los aplausos. Luces. Música de fondo. Todos se dan la vuelta. Nos vamos. “Qué tal. Parece que no te ha gustado mucho”. “Este tío es muy grande. Es un creador, y un recreador. En su estilo es único, y nosotros lo estamos viviendo en directo. Es un artesano comprometido con lo que hace, y no puede evitar la búsqueda. No lo puede evitar, y no es un chaval. Lo lleva dentro, la búsqueda. Todavía tiene que ladrar mucho este perro. Ya verás “ “Quieres que nos vayamos a casa.” “No,no. Hay que tomar unos whiskys por ahí y criticar al sistema, y al perro, y a los treintañeros barrigudos, y negárselo todo al Negador, y bailar, cojones, que parezco un cabezón con patas.” “Creía que querías irte a casa pronto y CREAR EL ARTEFACTO, como haces últimamente cuando te quedas con el ordenador y la botella de Ballantynes.” “Hay cosas más importantes en la vida que los artefactos”. Y me acuerdo de aquella canción El hombre de papel, y de esa que quisiera cantarle a mis hijos, El hormigueo. “Hay que pensar en vidas futuras”. Nos fuimos y tomamos unas copas. Estamos en febrero de 2001 cuando escribo esto. Esperamos una vida futura para septiembre, y me apetece recordar los lejanos ladridos de la creación. Aún se oyeron maullidos, graznidos y cantos de gallo mullidos, hasta la decisión, actuación y concepción del más maravilloso artefacto. Pero es de reconocer, en el origen también estuvo el Perro.
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