Cada vez que asistimos a un concierto de Juan Perro salimos con la sensación de haber presenciado algo único e irrepetible. Y el concierto de Socuéllamos no iba a ser una excepción: debieran de ponerlo en los colegios (y en ciertas academias mediáticas) todos los días. Lo allí vivido entra dentro de una experiencia colectiva de muy alta intensidad.

 

La cosa comenzó muy bien. El ambiente previo era excelente  y algo especial se presentía. Desde el primer momento la conexión público-artista funcionó en ambos sentidos: comentarios ácidos de Santiago y respuestas apasionadas de sus seguidores. Los músicos, por su parte, exprimían hasta el máximo su arte retorciendo sus cuerpos al ritmo que marcaba el Perro (ese "slap bass" de Camilo en Agujero en la red, ese punteo "pinkfloydiano" de Norberto en El carro...). La mayoría de temas exhibían nuevas aproximaciones instrumentales y hasta la banda se transmutó por unos momentos en grupo heavy en "Fonda de Dolores".

 

Y para el final, el delirio. Todo el  teatro concentrado en pie y bailando frente al escenario mientras Santiago está sentado sobre los monitores para acabar todos instantes después sobre la escena contoneándose en un ritmo tribal desatado. Lo habíamos leído en el foro para había que verlo para creerlo.

 

Semilla negra selló el gran pacto y Obsesión demostró la sensibilidad que Juan Perro pone en la elección de versiones (algo que ya sucediera con Al vaivén de mi carreta).

 

Aunque el final de la gira se avecina sin piedad y, después, ya se sabe, vendrá un periodo de reflexión que se nos antojará excesivo, apuremos los tragos que aún nos quedan y guardemos esos momentos irrepetibles para más tarde poder comentar que nosotros también estuvimos allí.