En 1992 Santiago Auserón vivía apartado del mundo, sin teléfono. Se había instalado en Deyá, pueblecito de quinientos habitantes de la isla de Mallorca, asilo de hippies pastorales, donde David Allen montó su Bananamoon Observatory en los 70 y posterior sitio de residencia de Kevin Ayers. Desde allí invitó Santiago a Kiko y Lolo para participar en una fiesta popular con motivo del 92 ("pero un poco contracultural a favor de los indios") organizada por algunos colectivos de la isla; estuvieron tres días de septiembre junto a músicos sudamericanos y otros como Joan Bibiloni o el hijo de Robert Graves, que también vive allí y toca el tres como buen aficionado a la música cubana, al igual que su amigo Santiago. Todos juntos y revueltos cantaron en una plaza de Deyá temas de Kiko y Santiago, folclore mallorquín y boleros, en una fiesta prácticamente improvisada. "A Santiago y a mí nos pareció muy bonita la idea y pensamos que teníamos que compartir algo y hacer un espectáculo conjunto para los teatros, empezamos rápidamente a prepararlo y en febrero empezamos la gira". (1)

 

Al principio, Edu Nascimento, el guitarrista brasileño, ha tocado con los ojos cerrados y con cierto cuelgue, como si se dejase caer por un tobogán suave. Pero Amador ha  puesto tanto duende que al fin lo ha encabronado y ahora han emprendido una carrera loca por acoplarse y superarse. Kiko no cesa de decir: "Más suavito, más suavito". Los ritmos se suceden y Santiago, cuando canta, se crece y muta. Mantiene una relación con el micrófono muy particular. Luis sonríe satisfecho mientras marca el ritmo con el bajo. El batería, el legendario Antonio de los Smash, en el otro extremo del espacio, se complementa con mucha voluntad con el percusionista. Muchas individualidades luchando por alcanzar el nuevo equilibrio del conjunto. La tensión que les une crece. Llevan muy pocos días ensayando, y queda poco tiempo. Los ojos se concentran en las palabras de Santiago. El Juan Perro que nunca se enfada olisquea a Kiko. Repiten el tema "Dolores" varias veces. Cambia el ritmo, entra el son. (2)

 


1. Del libro de Luis Clemente, "Kiko Veneno", Ed. La Máscara.

2. Artículo de José Ribas para Ajoblanco.

 

 

 

 

 


 

Kiko Veneno

Juan Perro

Luis Auserón, bajo

Raimundo Amador, guitarras

Juan Ramón Caramés, bajo

Edu Nascimento, guitarra

Rogelio Souza, percusión

Antonio Rodríguez Smash, batería

 

 


 

 

 

 

 

LOBO LÓPEZ

FONDA DE DOLORES

EN LA SELVA

EL MENSAJERO

JOSELITO

NEGRIL

A UN PERRO FLACO

SALTA LA RANA

FARMACIA DE GUARDIA

EL MESTIZO

COZUMEL

SUPERHÉROES DE BARRIO

MEMPHIS BLUES

EL PUENTE AZUL

DURO DE PELAR

ECHO DE MENOS

FUEGO

TIERRA

EN UN MERCEDES BLANCO

VOLANDO VOY

 

 

 


 

 

LUIS LAPUENTE,  ROCK DE LUX, ABRIL DE 1993

 

TEATRO ALBENIZ. C/ de la Paz, 11. Tel. 531.83.11. Metro Sol. Aparcamiento: Pza. Mayor y Benavente. -Días 24, 25 y 26 febrero, concierto Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante. (Raimundo Amador, Luis Auserón, Edu Nascimento, Juan Ramón Caramés, Rogelio Souza, Antonio Samuel (Smash) Rodriguez, Kiko Veneno y Santiago Auserón. Horarios: 22,00 h. Precio único: 3.000 ptas. Venta de localidades taquillas Teatro Albéniz de 11,30 a 13,00 y de 17,30 a 21,00 h. y centros de Madrid Rock hasta el día anterior a cada concierto.

 


 

Era el estreno de un concierto que, hasta finales de marzo, iría dejando su huella en otra 10 ciudades -todas ellas de Despeñaperros p´arriba, lo que son las cosas- y que se anunciaba como el gran acontecimiento de la temporada. Los minutos previos al espectáculo hervían de espectáculo hervían de expectación, los aficionados cuchicheaban en corrillos, las cámaras de televisión, impacientes, calentaban motores, y los fotógrafos coleccionaban instantáneas de famosos, como queriendo aliviar la tensión de la espera. Y es que el cartel era de quitarse el sombrero: tres maestros, tres -Kiko Veneno, Santiago Auserón "Juan Perro", Raimundo Amador-, de orígenes artísticos bien distintos, afrontando su primer baño público de mestizaje, acompañados para la ocasión por una excepcional cuadrilla de subalternos. Además, estaban las recientes -y las no tan recientes- aventuras discográficas del trío protagonista, convergentes en su palpitar latino, y el morbo, alimentado por el propio planteamiento de la gira, de saborear plato condimentado con tan diversas especias.

 

 

 

Por fin, se apagaron las luces y arrancó Kiko Veneno, en corto y por derecho, con un "Lobo López" que parecía presagio de una noche mágica de rumba-que-tumba, que diría Ragnampiza. Y así pudo haber sido. Las canciones de "Échate un cantecito" andan sobradas de trapío y de casta, la clase de material incendiario que necesita Raimundo Amador, nuestro Jimi Hendrix, para desatar su genio. Pero el genio sólo apareció de puntillas, como si no estuviera previsto en el programa.

 

Todo parecía calculado al milímetro, los músicos no lograban desabotonarse la camisa y arrimarse al toro sin complejos: uno los veía sobre el escenario, buscándose de reojo, demasiado ocupados en machihembar sus esfuerzos, en demostrar -y demostrarse a sí mismos- que la fiesta gitana iba a estallar de un momento a otro. Pero, claro, lo que derrochaban en aplicación, lo perdían en espontaneidad -todos, menos Raimundo, nuestro Dizzy Gillespie de la guitarra- y, pese al denso tráfico de piropos entre público y artistas ("¡Santiago, qué bueno estás!", "¡Raimundo, eres el más grande!", "¡Venga, otra de las tuyas, Kiko!"), allí nadie se movía del asiento, lagarto, lagarto. Sólo Raimundo, otra vez Raimundo, siempre Raimundo, con la guitarra española, nuestro Sabicas del rock, o con la eléctrica, nuestro Albert King de la rumba, o dibujando un paso de baile irrepetible, nuestro Bob Marley del flamenco.

 

 

Entretanto, Kiko Veneno repasaba las canciones de su último álbum -el segundo gran acierto del recital: todas son pequeñas clásicas, con sabor a barrio-, y le dedicaba a Jesús Ordovás -"que me hizo unos huevos fritos estupendos en su casa"- una divertida versión, en castellano, del "Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again" de Bob Dylan -"uno de mis superhéroes de barrio"-. Kiko y Santiago se alternaban -y se daban la alternativa- en la voz cantante y en el mando en plaza: así, se retiraba Veneno y asomaba Juan Perro tocando todos los palos, el son, la habanera, el raggamuffin, la bossa nova, el soul -en una fallida versión del "Hard To Handle", de Otis Redding-, nuevas canciones a las que acaso les falte ensuciarse del barro y del sabor que sugieren sus títulos: "En la selva", "A un perro flaco", "Negril", "El mestizo". Y fueron pasando los minutos, con la sombra de la frustración sobre el ambiente, hasta que, en el segundo bis, saltó, por fin, la chispa, "Volando voy", Camarón redivivo, "volando vengo", Santiago Auserón desmelenado y agarrando el toro por los cuernos, soltando la pinza de disección, quitándose el guante, "por el camino yo me entretengo", Kiko Veneno en su salsa, todos en pie, entregados, y Raimundo Amador, nuestro Raimundo Amador, rematando la juerga con su guitarra y su duende. Dando el cante, transpirando regocijo, tirando los platos de la mesa. Raimundo Amador. Un monstruo.