

|
|
"Todo el equipo que ha participado en esta grabación, realizada por Compay Segundo y sus Muchachos en Madrid, sabía de antemano que iba a asistir a una experiencia histórica. La presencia del grupo en los Encuentros del Flamenco y el Son de Sevilla, organizados por la Fundación Luis Cernuda en 1994 y 1995, su inmersión en la escena noctámbula madrileña, su éxito clamoroso en El Malecón de Vigo ante un público próximo a las nuevas músicas y al rock, su asalto final al circuito parisino, habían creado previamente un halo de acontecimiento, fabricado sin prisa por un sonero lúcido de ochenta y ocho años, en plena posesión de su arte musical, y de una vivacidad aún desbordante: Francisco Repilado, “Compay Segundo”.
Mi primera noticia acerca de él la tuve gracias a Danilo Orozco, eminente musicólogo cubano, en un “casetico” frente al que me hizo quedar pasmado, mientras su dedo pedagógico alumbraba los rasgos más herméticos y substanciosos del estilo de Compay Segundo. Fue una noche en su casa de la calle Heredia, allá en Santiago. Yo andaba buscando material para la antología Semilla del Son. De regreso a La Habana, indagué con Bladimir Zamora acerca del paradero de cintas (un disco grabado en La Habana en 1978 con su sobrino Juan Enrique Coquet, y otro hecho con el Cuarteto Patria en 1989, en los Estudios Siboney de Santiago) que no llegaron a tiempo a Madrid. Semilla del Son salió sin Chan Chan, que debió haber sido su tema veinte.
Muchos años estuvo Repilado, después de su época con Matamoros y luego con Hierrezuelo, dejando para otros la pugna por el candelero. Pero su música se ha mantenido en boca de los soneros más puros. “Yo siempre he tenido la puerta abierta. El que quiera algo que venga a mi casa”, dice el Compay arrastrando el acento melodioso de su voz de segundo santiaguero.
|
|
|
|
|
Los temas fueron grabados a lo largo de diez sesiones, entre el 13 y el 24 de noviembre de 1995, en directo y sin monitorización, añadiendo a la colocación habitual del grupo algún micro de ambiente y un mínimo de separación. Pese a los tópicos acerca de la mala suerte en los platós, el estudio se decoró con crisantemos amarillos, del color del manto de Ochún.
Quitándose el tabaco de la boca, Compay Segundo arengaba a los suyos en el control: “Aprieten muchachos, que grabar no es fácil. En cuanto te señalan así con la mano, parece que te cae el plomo encima. Ustedes escuchen a los viejos, para que lo bueno no se olvide”. Y en cuanto se había asegurado la atención completa de todo el mundo, sin dejar de darle caladas al puro, enlazaba: “Entonces éramos unos románticos. Paseábamos por el parque saludando a las señoritas con el sombrero, y si un te gustaba le echabas el sombrero al suelo. Si ella te correspondía, pisaba un poquito el ala del sombrero, el ala “ná má”, que como no te quisiera se acabó el sombrero”.
Grabamos muchos números, repitiendo tomas para aumentar las opciones. Finalmente, descartamos algunas versiones de temas de otros autores, ya muy conocidos en las actuales recopilaciones de música popular cubana. Queríamos mostrar, ante todo, la amplitud y la firmeza del repertorio de Francisco Repilado, incluyendo algunos temas ajenos que su interpretación hace propios.
Compay Segundo ha preservado la frescura transparente de un saber musical antiguo, que encara el porvenir con gesto de guajiro altivo: la cabeza arriba, clara la mirada, risueño e inocente, aunque siempre precavido. Tal es la fibra de los orientales, la misma que hizo a Sindo Garay centenario; y el Compay va por el mismo camino.
Sus canciones son ejemplo de construcción, desarrollo y clima. Acuerdo perfecto de palabra y son en el tiempo. La estructura es de objeto cristalino. Libre y desinhibida, la escritura conserva intacta la esencia poética del pasado, como el cofre de Macusa; o bien se lanza al oscuro porvenir, encabalgando el sentido en torbellino, como machete en mano.
Esta música no sólo es para ser oída, sino también para ser contemplada, como una tremenda visión. Los misterios barrocos del son van a aparecer ante ustedes en claroscuros, desplegándose como un paisaje que florece en el campo del estéreo. Son paisajes de monte adentro, del mar Caribe, esquinas de Santiago pobladas de espectros consistentes y concretos. Nada que ver con postales turísticas.
Los sonidos de esta cinta tienen color: verde hoja de palma, lígnea aspereza, profundidad de morado penitente. Luz natural y electricidad de tormenta. Arco Iris, canto del sinsonte. Alambre telegráfico. Misterio, caja china. Crujir de seda.
Concita la experiencia ancha y larga de Francisco Repilado aires de todo el mundo, el “bel canto” italiano que fascinó a la Trova; danzas de salón de oropel dudoso, que la intemperie asedia; cadencia española, nocturnos grávidos de nostalgia; despertares de ragtime y swing americano; tango africano, corneta china de la conga. Todo para la exquisita cultura musical de Repilado es materia de trova y son.
Todo lo conduce sin embargo la mano franca que guía la carreta hacia el sabor agridulce del montuno. ¿Virtudes opuestas, la delicada formalidad de un romántico, el gesto virado del guajiro hacia el machete? No se alarmen. El machete quedó tras una mata, para ir alegremente a “echarse unos pasillos” y un traguito.
¿Notan ustedes el sentido profundo de esa aspereza, de esa tensión en el tono, ese timbre metálico algo hiriente, esa nota arriesgada, esa pulsación fuerte? Compay Segundo es un músico de primera que ama el riesgo de la verdad. Su original instrumento está hecho para la candela “hasta que amanezca” del guateque campesino. Sorprenden sobre ese diapasón la agilidad endiablada, la precisión de sus finos dedos. “No me pidan que toque como una flauta, que soy tresero del monte”. Con ese filo mellado la belleza hace más daño. Entre dulzura y aspereza está quizá la calidad más firme del sonido, de la música pura, del puro son.
Con sus fraseos de duración exacta, nunca excesivos, luminosos y audaces, que pasan por insospechados giros y revelan la familiaridad de lo extraño; con sus escalas de paso, subrayados de la melodía principal, entregas para la voz: he aquí un sentimiento barroco que se expresa claramente. Alimento para riffs de rock nuevo y para las falsetas de los investigadores flamencos.
Hay mucho que decir también de cada uno de los Muchachos, soneros brillantes ya bien curtidos, que con el Viejo hacen oficio de humildad. La suavidad viril tornasolada de la voz de Julio Fernández, el sabor justo del rallao y el movimiento de bajos en la guitarra de Benito Suárez, la eficacia en los diseños del contrabajo de Salvador Repilado que recuerda la magia doméstica de la marímbula o la botija.
Es para mí un orgullo hacer aquí de pregonero del Compay Segundo, e ir como de puerta en puerta llamando, sin publicidad ni folleto de por medio, oiga usté, caserita, cómpreme, caballero, le traigo fruta fresca, de piel rugosa y carne hecha jugo, un buen pedazo del siglo hecho canción, y la semilla quizá del siglo venidero." |
|